Cambio de casa.
Noviembre 4, 2007 por cartmanlandia
Supongo que el día era esperado, pero no lo querías aceptar. El dolor de cerrar por última vez la puerta de entrada a lo que era tu casa te invadió como una insaciable migraña que en la madrugada se permite escupir los más miserables sueños que has tenido.
Ni modo. Te dolía dejar ese lugar, ese espacio en el que pasaste noches, día y tardes llenas de descanso, acompañado de cerveza, fútbol, lectura, hojas en blanco, café simplón y risas forzadas. Nada de visitas ni nada que tuviera que ver con gente, con personas, con alguien que quisiera acompañarte. Eras un pinche misántropo de lo peor. A veces ni siquiera tú mismo soportabas tu visión en el espejo al cepillarte los dientes por la noche.
La verdad, no tenías la mínima intención de moverte de ese espacio. El lugar estaba cerca de tu trabajo. El transporte era continuo. La renta era justa. Había lonjas en las que podías satisfacer tus antojos por la noche. Los servicios eran seguros y los vecinos unas buenas personas. Esto último, en especial, era por lo que no querías mudarte.
La miraste por primera vez un domingo por la tarde, mientras terminabas de leer el periódico en tu habitación. Viste una silueta moverse y pensaste en salir a saludar a tu vecino, ese que siempre se mostraba amable contigo cuando salías a la azotehuela a fumar uno o dos cigarrillos. Cuando estabas a punto de abrir la puerta, notaste que no era tu vecino, el calvito bonachón, quien estaba ahí.
La visión era casi celestial: vestía jeans desgastados, ajustados, una blusa amarilla y un piercing en el ombligo que se movía desafiante cada vez que subía una prenda al lazo del improvisado tendedero de su casa. La visión continuaba cuando, siendo más minucioso en tu inspección lasiva, notaste que no portaba sostén, y que el frío viento de la tarde enardecía sus pezones, acompañado del cabello suelto con el que jugaba al agacharse y levantarse. Te quedaste petrificado y no atinaste ni siquiera a soltar la puerta. Simplemente mirabas a esa mujer que, en la sencillez de una actividad cotidiana como es colgar su ropa recién lavada, te había provocado una erección que desconcertó tu actividad, tu rutina diaria.
Después de ese día, todas las tardes, subías a esperar por si salía de nuevo la que sabrías después era la sobrina del vecino. Venía de un municipio del sur del Estado y estudiaba Nutrición. No reparabas en el hecho de que tal vez no subiría a diario, pero no te importaba. Estar ahí, esperándola, era mejor que estar tirado en la cama, haciendo zapping con el control de tu televisor. Sólo querías mirar de nuevo ese piercing y ese par de tetas aviesas. Sólo eso y podrías seguir en tu más ramplona misantropía.
Después de mucho tiempo sin éxito en la voyeurista empresa que seguías, te resignaste a encontrar a la mujer sólo de forma casual, ya cuando llegabas a tu domicilio, ya cuando salías por ínsumos. Pero esos encuentros distaban mucho de la excitación que te provocaba la visión primera de su turgente figura. El misterio, la sensación de que estabas haciendo algo prohibido, era lo que alegraba ese momento.
La empresa para la que trabajas, en razón de tu alto desempeño, decidió transferirte a Querétaro. Como si llegar a tiempo todos los días y ejecutar correctamente los programas hechos a modo para la empresa fuera algo complicado. Así que ese fin de semana avisaste a tu casera y comenzaste a empacar tus cosas. Estabas envolviendo en periódicos viejos dos reproducciones de Van Gogh (Mi cuarto en Arlés y La Noche estrellada) cuando escuchaste de nuevo los pasos.
Mirabas por entre las cortinas cuando de nuevo apareció. La exacta visión. La misma blusa amarilla. Los mismos jeans desgastados y ajustados. El mismo piercing en el ombligo. El mismo ardor en la frente que te aquejaba.
Decidiste no sólo mirar. Saliste, llevando entre tus brazos la reproducción de Mi cuarto en Arlés y solemntemente saludaste, diciendo buenas tardes señorita, a lo que correspondío, cubriéndose el vientre de forma púdica. Te disculpaste por la intromisión y te presentaste. Dijiste tu nombre y que te ibas a marchar al día siguiente de ese lugar, pero que querías regalarle esa reproducción, que asemejaba a tu propia habitación. Ella primero se negó. Insististe y tomó en sus manos la reproducción. La miró extrañada y te dijo gracias. Te despediste y entraste a terminar de empacar. Antes de terminar volviste a mirar hacía afuera y ella seguía ahí, mirando la reproducción que le habías regalado, entre prendas suyas recién lavadas. Y no imaginaste mejor escenario para esa despedida.
Al día siguiente, estabas en Querétaro. Lo primero que instalaste fue tu reproductor de discos y programaste Prendas de Algodón. En alguna azotea, seguramente, las volverías a encontrar.