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Volvamos a caminar.

Retomemos la conversación. Integremos nuevos acertijos. Asumamos nuevas verdades. Miremos juntos los pálidos atardeceres de junio, mientras el humo del cigarro nos arrulla con sus suaves formas y cadentes humores.

Caminemos en el pasto húmedo descalzo. Ignoremos el periódico que ensucia nuestra alma, para mejor mirarnos uno al otro, atrapados en el susurro. Bebamos como cosacos, hasta el amanecer, como antaña.

Finjamos que nada pasó: ni el tiempo, ni la desilusión, ni la mentira, ni las heridas. Estamos aquí, antes de que nos olviden.

¿No sería un mundo mejor? En vez de pasar la vida llorando por lo que no podemos tener, por la feria que nunca reuniremos, por la vieja que nunca chingaremos, por la chamba que nunca tendremos, a la chingada… vamos a hacernos todos la paja, la chaquetita, visitar a Doña Manuela, la que vive en Palma Cinco, la que no te miente, a saludar a la pescuezuda de mano, a chingarnos un rato de sano humor para uno, para nadie más, ser pinches egoístas y culeros, encerrarnos en el baño un rato, con nada más que la intención de querer un chingo a uno mismo.

Y ya luego, a seguir llorando, pues que chingados…

Dicagaciones (1).

Y si… dormimos juntos esa noche. Imitamos a los lobos en ausencia de mejores alimentos. Caminamos en la azotea, descalzos, con la luna y el viento nocturno como únicos vestidos. Tú, maquillada con el polvo de los caminos que recorrimos antes de encontrarnos. Yo, perfumado con la colonia que produce el sudor de un día de trabajo.

Bebimos la sonrisa inquietante que a nuestro paso despertaba en los compañeros de ciudad, ruinosos vestigios de sueños derrotados. Advertimos que el trigo del pan que comimos era sembrado por Abel, la víspera en que su hermano lo asesinara con una estructura ósea. Oficiaste en mi la misa que había esperado toda la vida, mientras sumamos intereses a nuestro tiempo y requerimos de pago a quienes nos desdeñaron.

Y ahora quieres irte. Es de mañana. No se como detenerte. Simplemente, has quedado satisfecha de tus más inesperados antojos. He sido usado por ti, y cuando quiero estar a tu lado, me pides que salga a la calle, que camine, que intente encontrarte en la risa de otra, en los ojos de otra, en la forma en que bebe otra el café, en el cigarrillo a medio consumir de otra.

Y a mi que me gustan las cosas simples. Los pequeños gestos humanos. El hombre y la mujer tomados de la mano. La seguridad del abrazo vespertino. El sol por la tarde y las sábanas limpias. No. Nada de eso es a tu lado. Contigo es incertidumbre, zozobra, sexo en un baño público, en la parte de atrás de un auto, en una calle oscura, en el campo precoz que encontramos al ir a casa. Contigo es cerrar los ojos en un día claro, y abrirlos en la locura de una tormenta. Correr cuando no hay prisa, descansar en medio de una urgencia.

Y mi dilema es evidente. Extraño tus labios y tu risa por las noches, mientras te despojo de la última prenda que te cubre. Y extrañaré la música que solías poner en el viejo reproductor. Cada noche, una sorpresa. Cada noche, una despedida.

Salgo a la calle y te busco entre las otras, esas que no tienen el aroma en el sexo como tú lo tienes. Esas que corren, animadas por la seguridad laboral, mientras tú sólo corrías a mis brazos, por deleite, por así quererlo. No te encontraré y seré infeliz un momento, en lo que cierro los ojos y recuerdo que la rotación de la tierra traerá de nueva cuenta una oportunidad para mirarte entre la multitud, con tu cabello al viento. Nunca te extrañaré más.

Caminabas por la calle de Carranza. El viento fresco del verano hacía que contrastara tu falda con los torneados muslos que sostenían el cuerpo que por tanto tiempo había visto pasar entre la gente.

“¡Chíngale con la carne, deja de estar pendejeando!”, me gritaba mi pinche patrón cuando me veía haciendo nada.

Todas las tardes, mientras preparaba el trompo para los tacos al pastor, tú salías de trabajar y pasabas por el local. Yo sólo esperaba ese momento para que mi vida tuviera sentido. Soñaba despierto con tomar tu mano, y ofrecerte unos al pastor con todo lo que llevan: cilantro, cebolla, limón, salsa. Un refresco, servilletas completas, jabón en el lavamanos, atención total.

“¡Ora wey!¡Qué no te pago por pendejear!” Pinche patrón.

El aroma desgastado de tu perfume se perdía entre los aromas y vapores de la carne a medio cocer, la cebolla recién picada y el cilantro puesto a remojar. Yo asomaba mi nariz buscando algún resabio de tu olor, y sólo me encontraba con el humo de los autobuses que nada conocían de amores imposibles.

Seguía tu recorrido hasta la parada del autobus en donde te sentabas a esperar el que te conduciría a tu hogar, al descanso, a la tranquilidad. Anhelaba con acompañarte hasta la puerta de tu casa, y recibir un ósculo tímido de ti. Sentir tu cuerpo temblar mientras la bolsa del pan que llevabas se agitaba y cuidabas las campechanas que acababas de comprar.

“¡Te vuelvo a cachar pendejeando y te largas, webón!” Pinche patrón ojete.

Nunca caminabas por la acera del local, siempre en la opuesta. Te miraba y te miraba y deseaba tanto perder el miedo y salir corriendo tras de ti, suspirar al mirar tus ojos y perderme entre tu cabello, decirte los versos de Neruda que cada noche memorizaba para ti. Ofrecerte mi vida, todo lo que tengo y lo que soy.

Hasta que un día ocurrió.

Gracias a la incompetencia de los organismos de agua potable, se tronó una pinche toma y tuvieron que levantar toda la acera por la que caminabas. Al mirar eso supe que sería mi oportunidad para decirte los versos más tristes de la noche, ofrecerte mi corazón como taco de pastor. Inclinarme ante tus pies y decirte cuanto deseaba que esta noche caminaras por aquí.

Pasaste por fin, a la hora acostumbrada. Cruzaste la avenida para no caminar entre el escombro. Te dirigiste hacía la taquería, donde yo, ansioso, te esperaba.

“¿Ton´s que mi reina? ¿Cuándo vamos a matar el oso a puñaladas?” fue lo único que salió de mi voz garraspienta y grasosa. Tú sólo me miraste con desdén. Supe que te había perdido para siempre.

“¡Orale cabrón! ¡Ya te dije que no estés pendejeando!” Pinche patrón de mierda.

Una rolita.

¿Cuántos “tributos” hemos escuchado? Desde los mas garras, como uno que salió para Chabuelo, hasta algunos dostres librados… como esta rolita, original del grande Rockdrigo González, e interpretada por Los Rastrillos acompañados por la voz y presencia incomparable de Iraida Noriega.

Está chingona.

Por ahí sale la Amandititita, antes de ser superfamous y aparecer en Telehit y la chingada.

Este post se redacta horas antes del que será el último juego de Hugo Sánchez al frente de la puta Selección Nacional, de la cual más que Director Técnico, fungió como padrote, caifán o chulo del que se supone es el equipo que representa a los millones de mexicanos que, antes que saber hablar, aprendimos a patear un balón.

Lo del preolímpico es únicamente la constancia de que el pendejo mamón ese no tiene ni puta idea de lo que es dirigir a un equipo de fútbol. A él que lo dejen de vocero, onda Martita Sahagún, y verán como la sigue defecando chido… pero sin hacer que a la Selección se la empinen tan gacho.

¡¡HUGO, CHINGAS A TU FEA MADRE!!

 

hugo sanchez

Y me saludas a nunca vuelvas, culero.

Duda existencial.

“Lo que pasa es que yo ya entendí que pedo: tenemos que hacer billete, un chingo de billete, para eso estudiamos y para eso vivimos”.

Las palabras lacrantes de mi amigo me resonaban en los pinches oídos como si me hubieran ensartado un cotonete con líquido de batería en los mismos (los oídos).

“Y tú sigues pensando en otro pedo, sigues con tus pinches romanticadas y mamada y media. No mames, tienes que agarrar el pedo, la neta es esa: billete y más billete. ¿O qué?, ¿Vas a llegar a los treinta y sin tener ni madres, ni una casa, ni una inversión bancaria?”.

No, pues si. Con pedos pago la renta. Al banco sólo voy cuando tengo que pagar algún pinche recibo. ¿Seré parte de esa generación que no tiene ni madres?. Aún me falta un rato para llegar a los treinta, pero changos. Este wey ya me puso a pensar.

“Si no consigues ni madre antes de los treinta, olvídate de todo cabrón, porque ya no vas a poder hacer nada”.

Chale. ¿Neta?. Na. ¿O si?. Puta madre.

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